Mejor un palacete que municiones

La versión del PNV, según la cual, compró el palacete de París en septiembre de 1937 con los 65.000 dólares que le dio un militante mejicano en agosto de 1936, es la mayor acusación de traición a la República que podrían atribuirse los propios jeltzales.

No es fácil que alguien se atreviera a decir que un partido político reservó durante más de un año una cantidad tan importante de dinero en el momento en el que se tenía que hacer frente a una emergencia militar. Pero lo ha hecho el propio PNV.

El frente militar en el País Vasco durante la contienda civil duró desde el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 hasta la toma de Bilbao el 19 de junio de 1937. En ese espacio de tiempo, la provincia de Álava cayó casi en su totalidad en manos de los sublevados desde el mismo inicio, Guipúzcoa cayó pronto, de hecho, San Sebastián fue la primera capital de provincia en ser tomada por los franquistas, el 13 de septiembre de 1936.

Bilbao fue la última plaza en ser tomada en el País Vasco, momento a partir del cual las defensas tomaron rumbo a Cantabria, donde se produjo el desmembramiento definitivo de las tropas que habían combatido en territorio vasco.

En esta situación, fue el 24 de agosto de 1937 cuando dirigentes del PNV firmaron el vergonzoso Pacto de Santoña, por el que el Ejército Vasco se rendiría, entregando las armas a las tropas de Mussolini. A cambio de esto, los italianos respetarían la vida de sus soldados, que serían considerados prisioneros de guerra bajo la soberanía italiana. El Pacto de Santoña, establecía una vía de evacuación para los dirigentes políticos, funcionarios y oficiales vascos.

Esta actuación de los dirigentes nacionalistas ha sido considerada vergonzante, por cuanto todas estas negociaciones con los fascistas conllevaban el abandono de la defensa de la República una vez dado por perdido el territorio vasco.

Si se diera por buena la versión del PNV sobre la compra del palacete de París, se desvelaría que el dinero proporcionado para defender Vizcaya por el emigrante vasco residente en México, Francisco Belausteguigoitia Landaluce,  el 12 de septiembre de 1936,  no fue destinado a este fin, sino que los nacionalistas reservaron ese dinero para la compra del palacete y no para la provisión de armas, municiones o cualquier otro material bélico.

La versión de los nacionalistas sobre la compra del palacio, los deja en evidencia, pues carece de todo fundamento que  el dinero no se empleara durante más de un año de emergencia militar y que, finalmente, se escogiera un palacete parisino como inversión. Esta acción, sumada a la firma del Pacto de Santoña, advierte sobre la premeditación con la que actuó el PNV y la voluntad encubierta con la que afrontó el Ejército Vasco el combate en el frente militar en el que se le atribuyó el mando.

La versión alternativa  a la del PNV, que le dejaría sin el palacio de la avenida Marceau, es la sostenida por los tribunales franceses de la V Répública francesa en sentencias de 1949 y 1951, ratificadas por el Tribunal Supremo de España en 2003 y que también es la comúnmente aceptada por los historiadores. Curiosamente, en enero de 2025, al mismo tiempo que el PNV defendía su interpretación de lo ocurrido, la Fundación sabino Arana premió al historiador labortano Jean Claude Larronde, que en su obra “Exilio y Solidaridad, la Liga Internacional de Amigos de los Vascos” ratifica que el inmueble era propiedad del Gobierno Vasco.

Larronde dice que “el Gobierno Vasco consideró que convenía constituir una sociedad según el derecho francés que tomase a su cargo los bienes pertenecientes al Gobierno Vasco que se encontraban en suelo francés”, incluyendo entre ellos el palacio y otros inmuebles también afectados por el decreto que los adjudicaba al PNV.

Si la versión del historiador francés fuera la verdadera, el PNV se estaría apropiando de un bien cuya financiación contó con dinero público del Gobierno Vasco en el exilio. Si la versión que han defendido los nacionalistas para hacerse con el palacio fuera la cierta, su papel en la defensa de la República española e, incluso, de la defensa del territorio vasco, quedaría profundamente comprometida y sumaría, al Pacto de Santoña, otro ardid con el que se evitó hacer frente a las acciones militares del ejército franquista.

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