El fracaso del nacionalismo: del relevo al reemplazo generacional

El último informe del Observatorio Demográfico CEU-CEFAS, publicado en abril de 2025, debería sacudir conciencias en Euskadi y en el conjunto de España: el País Vasco, antaño joven, dinámico y motor de la industrialización española, se enfrenta hoy a una amenaza existencial. Lo que está en juego no es solo su peso económico o su papel político, sino su supervivencia misma como adelanta el título elegido por los autores, De Euskal Herría a Euskal Erial.

La magnitud del derrumbe

Los números son demoledores. En 2024 se registraron un 68% menos nacimientos que en 1976. Si se atiende únicamente a las madres autóctonas, la caída es aún más brutal: un 79% menos. En Vizcaya, el desplome alcanza el 81%. La fecundidad, que en 1976 estaba por encima del nivel de reemplazo, se hundió hasta el mínimo histórico de 0,90 hijos por mujer en los años noventa y, lejos de recuperarse, se mantiene hoy en 1,08 entre las mujeres autóctonas, muy por debajo de la media nacional y a años luz del umbral necesario para mantener la población.

A ello se suma la sangría migratoria. Desde 1977 han salido del País Vasco 180.000 españoles nativos, el equivalente al 9% de la población que vivía allí en el inicio de la Transición. Y no hablamos solo de una cifra estática: detrás de esos emigrantes se marcharon también sus hijos y nietos potenciales, un efecto multiplicador que agrava el vacío.

El resultado está a la vista: la edad mediana de la población autóctona ha pasado de 29,2 años en 1977 a 51,9 en 2025. Ninguna otra comunidad autónoma ha envejecido tanto. Y mientras España en su conjunto todavía mantiene una pirámide demográfica deformada pero reconocible, la pirámide vasca se ha invertido hasta extremos dramáticos.

El saldo vegetativo es implacable: desde 1990, las muertes superan a los nacimientos. En 2023, por cada niño nacido de madre vasca hubo 2,4 defunciones. El pueblo vasco autóctono mengua cada año entre un 0,5% y un 0,7% únicamente por el balance natural. Es decir, aunque no se marchara nadie, aunque no se perdiera ni un habitante por emigración, la población seguiría encogiéndose.

Una anomalía en una tierra privilegiada

Lo más llamativo es que este derrumbe ocurre en una región que, sobre el papel, tiene todos los ingredientes para ser un polo de atracción y prosperidad. Euskadi cuenta con la segunda renta per cápita más alta de España, un nivel de desempleo inferior a la media y un régimen fiscal privilegiado. Son condiciones que deberían haber favorecido la llegada de familias jóvenes, de profesionales, de nuevos proyectos vitales. Y sin embargo, ocurre lo contrario: la región expulsa a españoles nativos y se sostiene únicamente gracias a la inmigración extranjera.

El informe lo califica de “anomalía”. Porque lo que resulta lógico en territorios pobres o deprimidos —la salida de jóvenes en busca de oportunidades— no lo es en una tierra rica y con servicios públicos más generosos que los del resto de España. Algo falla en lo más profundo de la sociedad vasca para que, con todo a favor, haya elegido el camino de la extinción demográfica.

El nacionalismo, cómplice del vacío

El País Vasco es, desde hace casi medio siglo, un feudo del nacionalismo, especialmente del PNV, que ha gobernado las instituciones con escasas interrupciones. Y la paradoja es cruel: mientras el nacionalismo construía su proyecto político sobre la defensa de una identidad propia, ese mismo pueblo al que pretendía proteger se desangraba.

El nacionalismo se aferra ahora a una salida fácil: delegar la supervivencia del País Vasco en la inmigración. Pero eso no es una solución: es una sustitución. Hoy, uno de cada tres niños que nacen en Euskadi ya no tiene madre vasca; en Álava, casi la mitad. Si esta tendencia continúa, dentro de una generación el pueblo vasco será irreconocible. No habrá relevo de los vascos, habrá reemplazo.

El informe es claro al recordar que el éxodo vasco no se explica únicamente por razones económicas, sino también por el clima opresivo de los años de plomo del terrorismo de ETA, que provocó que decenas de miles de familias abandonaran su tierra. Ese terrorismo se incubó en el caldo ideológico del nacionalismo, y su sombra marcó para siempre la demografía vasca.

Pero el problema no se reduce al terrorismo. El PNV ha gobernado Euskadi en los años de la bonanza, con paz, con recursos y con margen de maniobra. Y, aun así, no ha sido capaz de revertir el declive. Peor aún: lo ha ignorado. La obsesión por levantar instituciones propias, blindar competencias y cultivar un relato identitario ha dejado en segundo plano lo esencial: garantizar que haya vascos en el futuro. El resultado es un contrasentido histórico: un nacionalismo que reivindica identidad y autogobierno mientras permite que la base humana de esa identidad se extinga.

Las consecuencias: un país que se vacía

Las consecuencias ya están aquí. Euskadi ha perdido peso económico en España: su PIB ha pasado de representar el 7,8% en 1975 a apenas el 5,9% en 2023, un retroceso relativo del 25%. Sus ciudades medianas, antaño motores industriales, languidecen: Éibar, Ermua, Rentería, Sestao o Mondragón han perdido entre el 25% y el 40% de su población nativa desde 1981. La sustitución demográfica es evidente: en 2023, el 32% de los bebés vascos nacieron de madre extranjera, un porcentaje que marca un máximo histórico y que en Álava supera el 40%.

La gran contradicción

El fracaso demográfico vasco no es un accidente inevitable, ni un simple reflejo de las tendencias europeas. Es el resultado de decisiones políticas y de prioridades equivocadas. Y en esa responsabilidad, el nacionalismo vasco, con el PNV a la cabeza, no puede esconderse. Es hora de decirlo con claridad: Euskadi muere de un vacío provocado por una clase política obsesionada con el relato identitario e incapaz de asegurar lo elemental. Si de verdad se quiere un futuro para el País Vasco, hay que poner la demografía en el centro. De lo contrario, no habrá autogobierno que valga, ni identidad que defender, porque simplemente no habrá vascos para sostenerlo.

Euskadi vive una contradicción de fondo. Nunca un pueblo ha invertido tanto esfuerzo político en definirse frente al Estado español, y nunca, al mismo tiempo, ha hecho tan poco por asegurar su supervivencia como pueblo. La gran maquinaria del nacionalismo ha levantado instituciones, ha moldeado la educación y ha impuesto su relato histórico, pero ha desatendido lo básico: que haya niños, familias, futuro. El balance humano es un desastre colosal. La identidad que se quiso imponer se ha vaciado de contenido, no por imposición externa, sino por el propio virus interno del nacionalismo.

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